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Una novela que aborda la pedofilia desde el policial

Ni en la precordillera, ni en el litoral, ni en la frontera, ni en el conurbano parece estar la clave del enigma de la novela Fuera de lugar, de Martín Kohan. Por Andrés Buisán.

Los personajes de Fuera de lugar  transitan diversas geografías, ubicando a la locación como parte del enigma, entendiendo que para que el enigma exista, su resolución debe estar al menos lejos. El negocio de Nitti es vender fotografías de niños desnudos en Europa del este, en la ex Unión Soviética. Tiene varios eslabones: el cura Magallán, quien consigue chicos huérfanos de un instituto para que sean objeto de las fotografías; Marisa, una chica que ambienta las escenas, contiene a los chicos si hace falta y reflexiona sobre la fotografía sin citar ideas que le son ajenas; Murano, el fotógrafo; y Lalo, el iluminador. Las fotografías congelan una imagen y se pierden en el contrabando, es decir, el negocio está en otro lugar.

Excepto el cura -que sigue un estereotipo de religioso perverso-, el resto de los personajes asumen su negocio como natural e incluso se enojan cuando se les dice que es pornografía infantil. Cuando se va consolidando el relato y con él el negocio, vemos que el éxito se da en lo que viene: la aparición de Santiago Correa. Un hombre que se excita con los chicos desnudos y se ofendería si le pidiesen que toque a alguno de ellos. Y cuando creemos que el éxito está en él, este se desplaza a una nueva idea: fotografiar a los niños morenos del instituto con Guido, el sobrino rubio de Cardozo.

La novela se construye con la expansión de esos personaes y sus intrigas. Cuando el negocio de las fotografías se va acabando por el surgimiento de interne, aparecen las dudas de Correa y, de golpe, un muerto. El otro sobrino de Cardozo, Marcelo, comienza a ocupar la escena. De esta manera, los personajes se cruzan, las historias de cada uno van generando nuevas tramas basadas en lo que cada uno oculta y aparenta no ser.

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El estar fuera de lugar puede significar no estar donde se está. Así, un personaje cree ser alguien que no es; su moral no es la que piensa. En este sentido, no se define por la conciencia de sí, sino por sus prácticas. También, lo que se narra siempre remite a otro lado: el negocio en la remota y gigante ex Unión Soviética; las fotografías de Correa pueden estar en el mundo infinito de la red; el secreto que busca Marcelo siempre lo lleva a un lugar distinto; hasta las estaciones que repite Guido están “fuera de lugar”.

Guido, quien tiene problemas psíquicos, es un “fuera de lugar” porque nunca está donde está. Pero es uno de los pocos que por su condición podría revelar un gran secreto. De hecho, la tensión más fuerte de la novela se da justamente cuando Guido está por ubicarse, es decir, está por tomar conciencia de donde está y quien lo rodea.

Pero si las cosas estuvieran en “su lugar”, la novela no sería lo que es. Kohan no está convocado por la denuncia. Elude ese facilismo tratando un tema muy complejo como sólo la buena literatura puede hacer: priorizando el valor estético. Por esto, los enigmas son los centros de la novela. Y, como dijimos, para que un enigma siga siendo su resolución debe estar lejos.

Fuera de lugar, Martín Kohan. Anagrama (2016). 222 páginas.

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