Gabriel Asenjo, el mecánico que revivió a la Trochita patagónica

Gabriel Asenjo recicla máquinas y vagones. Además de la famosa Trochita  repara cuatro locomotoras en Jacobacci y rearma una en Bariloche. ¿Cómo trabaja? 

Son las 10 de la mañana y el sol empieza a sumar sus primeros rayos desde las puntas nevadas de las montañas de Esquel, en la provincia de Chubut. En la estación de trenes hay un rumor de turistas ansiosos y niños asombrados. La Trochita frena, exhala aire contra la trocha –el espacio entre los rieles-, de apenas 70 centímetros de ancho que le entregó el apodo a este tren, el Viejo Expreso Patagónico, que antes remontaba desde Esquel hasta Ingeniero Jacobacci, en Río Negro. Allí empalmaba con otro tren que transportaba pasajeros hasta Buenos Aires.

Mi pasión siempre fueron los trenes”, rompe el frío patagónico Gabriel. Es técnico mecánico industrial y siempre fabricó maquinarias industriales especiales. Se asoció al Ferroclub Argentino, donde conoció los rudimentos de las máquinas a vapor hasta volverse un restaurador. Llegó a ser presidente de esa entidad hasta que lo llamaron para trabajar de eso que hacía por puro gusto: lleva 15 años reparando máquinas históricas.

La 3341, que está en el Museo Ferroviario de Remedios de Escalada, es otra de las joyas pulidas por Asenjo, que la escruta como un cuerpo humano. “El corazón de la máquina es la caldera. Sigue el chasis y luego los motores. Una máquina de vapor es sencilla: no le sobra nada y no perdona ningún error. El agua sucia tapa un inyector, si se sale una biela también te deja a pie”. 

En Esquel encontró una que llevaba 19 años juntando herrumbre. “La máquina a vapor es muy robusta y tiene una estructura casi eterna, no hay forma de que se degrade, pero se cambiaron aros, pistones, cilindros, la grifería de bronce. Estaba completa pero deteriorada y entonces se hizo un trabajo muy cuidado en la estética, para hacer un producto muy vistoso, más turístico.

La idea fue convertir el viejo tren a vapor argentino, sucio, en algo más brillante”, dice Gabriel cuando el tren frena en la estación Nahuel Pan, donde el viento corta la cara al medio, obliga a guardar las manos en los bolsillos primero y a guarecernos después en los vagones donde una salamandra quema leña.

A toda máquina

Gabriel repara cuatro máquinas que unirán Río Gallegos con Río Turbio en un tren turístico. En Trevelin está haciendo seis coches de madera. En Bariloche pondrá sobre rieles una máquina a vapor y arregló cuatro en Ingeniero Jacobacci. “Hay que mejorar el mantenimiento de este tren, que está en una etapa difícil. Me preocupa mucho el futuro de La Trochita porque está en un estado elemental. Se mantiene operativo, pero por debajo hay muchas cosas que atender”, advierte el hombre que no quiere ver máquinas exhibidas como piezas de museo.

Gabriel aplica una mirada aguda de la política ferroviaria. “Argentina no tomó conciencia de una política nacional de transporte. El ferrocarril es irremplazable. Es un disparate tener un país tan grande sin tenerlo unido por el tren y teniendo las rutas saturadas de automóviles y de accidentes. Nosotros tratamos de salvar lo viejo. Todos los días de la semana están ocupados por las máquinas a vapor. Este es mi pasión”, dice. Y le sobra razón.

El viaje de porelpais.com.ar arrancó en Esquel y terminó en Nahuel Pan, la primera de las tantas paradas que tuvo desde que idearon un tren que uniera el sur del país con Buenos Aires. Tarde una hora y media para llegar allí y anda por un paisaje donde se ven ovejas triscando, caballos, algunas aves, montañas altísimas y nevadas y un camino que tuerce y retuerce por entre las montañas.

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